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Diego Felipe grafitero asesinado

Tradición, familia, propiedad y arte público

Diego Felipe grafitero asesinadoTengo grabadas desde hace un tiempo dos imágenes en mi cabeza que se me hacen perfectas, por su contraposición, para componer esta columna. Son dos formas de arte que podría juntar como dos fotografías reveladas como dos vidas paralelas. La primera imagen es la escena del crimen del grafitero Diego Felipe Becerra, muerto en un episodio a claras luces de exceso de fuerza por parte de la fuerza pública a manos de un uniformado que le dispara alegando que estaba armado. La segunda escena es una escultura plástica de Cristo de 35 metros levantada en Floridablanca, Santander, con un parque como marco y con un valor aproximado de 45.000 millones de pesos. Las dos contrastan y, a un primer vistazo, no tienen nada que ver entre sí, pero hablan de lo mismo: hablan del arte público, del arte visible y gratuito, del arte para todos. No del arte de colecciones privadas, o de subastas de Christie’s o de Sotheby’s. Ambos son de todos y de nadie, pero tan opuestos en sus intenciones como dirigidas hacia un mismo público.

El caso del grafitero es uno más. Uno representativo y absurdo que nos sirve para abordar el tema de hasta qué punto en Colombia ese tipo de “vandalismo” puede ser reprimido a punta de fuerza bruta. Es cierto que uno de los componentes que hace que el arte callejero tenga la fuerza que tiene es su carácter marginal. Que tiene que caminar en la línea de la ilegalidad y mostrarse subversivo, si es que así puede decirse; que al quitarle este ingrediente y asignarle un espacio “legal” no deje de ser más que una expresión de virtuosismo técnico, como invitan las convocatorias del Distrito. En ese arte callejero con la venia gubernamental que ya no sabe a lo mismo, pues, se pierde el espíritu del “cazador de muros”.

Estamos en tiempos en los que los derechos de las minorías están convirtiéndose en herramientas y mordazas de la libertad de expresión. En el mes de agosto del 2014, el Ministerio de Cultura interrumpió la exposición Mujeres Ocultas de la artista plástica Ana María Trujillo, acatando una orden del Tribunal Administrativo de Cundinamarca pues, según algunos ciudadanos católicos indignados, faltaba al respeto de los valores religiosos y culturales de la fe cristiana. Yo me pregunto lo mismo. Si es que un Cristo de 35 metros ubicado en un lugar público y construido en tiempos de un estado laico no ofenderá los valores religiosos y culturales de otras fes y religiones que no sean la cristiana.

Censurar la expresión de un artista que en un recinto cerrado expone su trabajo con recursos propios, mientras en el caso del Santísimo, en Santander, se contrata con dineros públicos a otro para ejecutar la obra de un Ecoparque, construido con el único fin de hacer un santuario a la fe de los mandatarios de turno, es una contrariedad que sólo se ve en el autoritarismo y en los estados fundamentalistas.

Vivimos tiempos extraños, donde los dogmatismos heredados se radicalizan en las dinastías que se enquistan en el poder y sacan a relucir religión, costumbres y tradiciones propias como bandera de guerra demagógica, de atraer a las mayorías, de exhibir sin vergüenza qué tan bárbaras o excluyentes o retardatarios son sus idearios.

No llegan a gobernar para todos. Complacen a los que los apoyan y apoyan a los que los complacen. Llegan exhibiendo su plumaje de animales extintos, de dinosaurios que no aprenden, que hacen su bailecito vistoso para el aplauso de sus predecesores, como lo hicieron los padres de sus padres desde tiempos inmemoriales. Y en ese baile nada cambia. En cuanto más anacrónico, más aplauso del abuelo reaccionario. Son tiempos raros donde las jóvenes mentes creadoras también creen poder expresarse en cualquier espacio o forma, necesariamente en tiempos de conflicto y de confrontación dentro del plano de las ideas.

Son tiempos emocionantes donde más que nunca vale la pena expresarse.

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